miércoles, 5 de junio de 2013

Desde las sombras II

Me encuentro de mal genio y desolado. Ahogo mis penas en los que me entienden.
Ahora afronto las penas alejándome de los vicios más sanos y puros para estancarme en algunos otros, me escudo en la tinta y el papel dejándome llevar por la marea de lo desconocido.

Entonces ahora que tengo el camino a oscuras una vez más frente a mí monologando sobre la vida que tal vez tuve o quise creer que tuve… obviamente. Porque llega un punto en el que todo se vuelve tan relativo y dan difuso que no se sabe si nuestra vida pasada solo se convirtió en un recuerdo o en un sueño, tal vez en una fusión de ambas. La mente como juega sus jocosos trucos.

El camino seguía irradiando su luz tenue, propia y opaca. Solo se veía con cada paso nuevo que se daba hacia adelante. El pequeño chico y yo avanzábamos bajo las sombras desconociendo porque dábamos nuevos pasos. Solo digo esto porque lo siento así, debido a que él y yo somos la misma persona supongo que compartimos los mismos pensamientos. Aunque tal vez mi pequeño yo, mi pasado es una persona que deje de ser hace mucho tiempo que por lo tanto somos dos desconocidos.
Afortunadamente sus sollozos habían cedido a una curiosidad infantil por saber y descubrir el entorno. La voz con eco de mi madre se había extinguido, dando solo a escuchar mis propios pensamientos y mi pesada respiración. A veces solo con mis pensamientos eran suficientes como para atormentarme como los gritos de mi madre a la distancia.
Las sombras se encontraban en aparente calma, el motivo suficiente como para sacar mi segundo cigarrillo, oler su suave toque a tabaco y continuar con mi mala aprendida costumbre por los años. Suponía que al chico no le iba a molestar y a mí me iba a tranquilizar de todo lo que por mi mente pasaba, solo siete minutos de total encuentro conmigo mismo. La duda por saber donde estaba ocupaba gran parte de mi oratoria mental, preguntas como ¿Dónde estaba? O ¿Como había llegado a aquel lugar?  Abrían grandes brechas que solo se podían no responder con tabaco. Lo peor es que a cada intento de responderlas, terminaba siendo solo un ejercicio inútil; porqué sentía las respuestas en la punta de mi lengua pero daba a lugar un insoportable dolor de cabeza, por lo que aspiraba el humo más rápido. Ver las figuras abstractas del humo bailando en el aire hacían una efímera sinfonía, que me hacían recordar que mi vicio solo duraría 18 cigarrillos más, por lo que debía tranquilizar a mi sistema. Era una condena con número en cuenta regresiva. Y no sabía hasta cuando pudiera conseguir más. Por lo que esos 18 cuerpos y el chico que andaba corriendo a mí alrededor eran mi única compañía.

Avanzábamos sin rumbo alguno y cuando el silencio fue lo suficientemente incomodo, el chico se me acercó y me preguntó -¿Por qué fumas?-  su sana curiosidad me causaba cierta incomodidad ante tal pregunta, claro, es un cuestionamiento de mi mismo, mi parte humana y pequeña. Le respondí tratando de aparentar tranquilidad – fumo porque trato de matar algo adentro mi-
-¿Qué tienes que matar? -  volvió a preguntarme sin vacilar. De igual forma le respondí
 –No lo entenderías, tal vez en un futuro si cuentas con la misma suerte que yo-
El chico obviamente no entendió lo que le quise decir, es más no quería cargarlo más de lo necesario, saber de más sobre el futuro puede volver loco a cualquiera. El chico se limito a sonreírme, esa sonrisa de niño expresando algo que no entiende pero no le importa. La habilidad de la curiosidad insana por saber las cosas malas es una habilidad que se gana con la supuesta “Madurez”.
Quería hablar con el chico, pero sabía bien lo que estaba pensando. Era preguntar por cosas que ya sabía y ese pensamiento hacia que me retrajera  en mi silencio, en mi cigarrillo, en mi soledad.
Las sombras seguían estancadas a nuestro alrededor. El panorama se hacía redundante que provocaba sentarse y rendirse de una vez por todas, estar en un círculo sin fin a veces es desalentador. El calor de la colilla me hizo caer en cuenta que mi segundo compañero hecho de tabaco se había extinguido y debía dejarlo ir como una basura. Un inerte cuerpo de algo que ya fue pero que jamás volverá a ser. Eso me hizo pensar que no hay nada más parecido a la vida misma, un cigarrillo que se enciende, tiene su límite y luego se extingue. Solo un momento efímero. Solamente un cuerpo en su soledad que se consume, solamente un cuerpo que se queda en el camino mientras otros siguen adelante.

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